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martes, 4 de diciembre de 2018

La economía mundial se enfría y todavía no está totalmente recuperada para millones de personas


Las razones de este giro van desde el aumento en las tasas de interés determinado por la Reserva Federal y otros bancos centrales hasta el desarrollo de la guerra comercial desatada por el gobierno de Trump. La probabilidad de que la tortuosa salida de la Unión Europea por parte del Reino Unido dañe el comercio en el canal de la Mancha ha desalentado la inversión.
Nada de esto llega a ser una emergencia alarmante, ni siquiera una caída pronunciada de la actividad comercial. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) —un centro de investigación integrado por los países más avanzados del mundo— concluyó recientemente que la economía mundial crecería un 3.5 por ciento el próximo año, abajo del 3.7 por ciento que creció este año.
Sin embargo, al declarar que “el crecimiento global ha alcanzado su punto máximo”, los investigadores de la OCDE concluyeron en efecto que la situación actual es la mejor que puede haber antes de la siguiente pausa o recesión. Si en verdad es este el punto más alto de la prosperidad mundial, entonces es probable que se horroricen las decenas de millones de personas que todavía no se han recuperado de la devastación de la Gran Recesión.
Pese a que la desaceleración parece moderada, también tiene el potencial de intensificar la sensación general de agravio que irrita a muchas sociedades, lo que contribuye a la aceptación de populistas con tendencia a la autocracia. En una era de lamentos por la injusticia económica, y con el avance de movimientos políticos que tachan de amenaza a los inmigrantes, es probable que un crecimiento más débil estimule un mayor conflicto. Un crecimiento más lento no hará que nadie se sienta más seguro acerca de la posibilidad de que los robots remplacen la mano de obra de los humanos, o de que los empleos tengan salarios más bajos.
“Solo va a exacerbar las tensiones que han provocado los problemas políticos y socioeconómicos que hemos visto en Estados Unidos y parte de Europa”, señaló Thomas A. Bernes, economista en el Centro para la Innovación en Gobernabilidad, una institución de investigación canadiense. “La desigualdad será todavía más pronunciada”.
En Grecia, España e Italia, la tasa de desempleo para los jóvenes está estancada y rebasa el 30 por ciento. En el Reino Unido, el trabajador promedio no ha recibido un incremento en su salario durante más de una década, después de contabilizar la inflación. La economía de Sudáfrica actualmente es menor que en 2010, y ahora este país está atrapado en una recesión.
En Estados Unidos, la tasa de desempleo ha caído a un 3.7 por ciento, su nivel más bajo desde 1969. Sin embargo, de acuerdo con el Departamento del Trabajo, tanta gente ha dejado de buscar empleo que, contando desde octubre, menos de dos terceras partes de la población en edad productiva tienen empleo. Esta resultó ser una proporción menor que antes de la crisis financiera de 2008.
“Vemos una generación perdida”, comentó Swati Dhingra, economista en la Escuela de Economía de Londres. “Ya de por sí había un estancamiento en los salarios y la productividad y ahora la guerra comercial lo ha exacerbado todo”.
Parece que el mayor riesgo para el crecimiento global es que la guerra comercial está funcionando, al menos en parte, como fue planeada.
Trump ha atacado a China como si fuera una amenaza mortal para la supervivencia de Estados Unidos, acusando a Pekín de subsidiar exportaciones y robar propiedad intelectual. Ha impuesto aranceles a $250,000 millones de exportaciones chinas con el fin de presionar a Pekín para que cambie su conducta.
Esto no ha logrado muchos cambios en las prácticas económicas de China. De hecho, ha aumentado el déficit comercial de Estados Unidos con China, contrario al objetivo planteado por Trump.
No obstante, ha puesto obstáculos a la fuerza industrial china. A partir de septiembre, habían aumentado cerca del nueve por ciento el uso del transporte ferroviario, los préstamos bancarios y el consumo de electricidad en comparación con el año anterior, un ritmo menor que el de más del once por ciento en enero.
Debido a que China es la segunda economía más grande del mundo, las consecuencias de su desaceleración tienen amplias repercusiones, lo que ayuda a explicar la pronunciada caída de los pedidos a las fábricas en Alemania. Los agricultores estadounidenses han perdido ventas debido a que China ha respondido a los aranceles golpeando los impuestos de las importaciones procedentes de Estados Unidos, incluidos los de la soya. Los mercados accionarios y los precios del petróleo se han desplomado en parte por temor a que China compre menos mercancía.
Gran parte de la caída de las cotizaciones bursátiles en Estados Unidos refleja la situación de cada vez mayor acoso a las principales empresas de tecnología como Facebook, la cual ha provocado el enojo de la gente por no evitar que su plataforma sirva como un medio esencial para difundir la desinformación y la incitación al odio. Pero las acciones del sector tecnológico también han caído porque muchas empresas, entre ellas Apple, ahora dependen de China para sus enormes volúmenes de ventas, las cuales ahora están en riesgo ante la guerra comercial.
Un vistazo al Twitter de Trump revela que los precios de las acciones son uno de los puntos de medición que más le preocupan. Conforme retroceden los mercados, el gobierno de Trump ha enviado señales de que tal vez considere un cese al fuego con China a fin de reducir el daño económico.
Sin embargo, el conflicto va más allá del comercio, con los belicistas dentro del gobierno de Trump que intentan causar daño a China para impedir su continuo ascenso como una superpotencia mundial. Si esa es la misión, quizás Trump esté dispuesto a asumir los costos económicos como el precio de la contención.
Parece que esa medida es congruente con la obsesión cada vez mayor de Trump con la Reserva Federal, a la cual el presidente acaba de etiquetar en una entrevista con The Washington Post como “un problema mucho mayor que China”.
Al aumentar las tasas de interés, el Banco Central de Estados Unidos ha estado actuando conforme a la vieja idea de que demasiado dinero fácil en circulación durante demasiado tiempo tiende a crear problemas, desde precios más altos hasta daños financieros. No obstante, el efecto de elevar las tasas es que se limita el crecimiento económico de Estados Unidos, de ahí el descontento de Trump.
La medida de la Reserva Federal también ha provocado dificultades en los mercados emergentes. Las tasas de interés más altas han orillado a los inversionistas a abandonar las economías en desarrollo para buscar oportunidades más seguras y fructíferas en Estados Unidos. Este cambio en la tendencia ha contribuido a que haya crisis en Turquía y Argentina, mientras hace mella en el valor de las monedas y desacelera las posibilidades de crecimiento desde India hasta Sudáfrica.
El Banco Central Europeo también ha estado retirando el dinero barato que liberó para combatir la crisis, disminuyendo gradualmente la compra de bonos. Esto ha encarecido el crédito en todo el continente, privando a las empresas del capital necesario para financiar su expansión. También ha eliminado la idea que alguna vez se tuvo de que Europa finalmente había trascendido el letargo de la última década.
Desde luego, la economía mundial está muy lejos de aquellas épocas aterradoras de la crisis financiera. Sin embargo, en realidad nunca recuperó su ritmo lo suficiente como para generar grandes cantidades de empleos o incrementos significativos a los salarios de la gente común.
Y ahora, a pesar de todo eso, están transcurriendo tiempos más austeros.


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