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lunes, 13 de julio de 2020

Crónica | Desnudos e indefensos: el malandraje de la PNB no es cuento de camino




Esta es la historia de cómo funcionarios de la PNB mandaron a desnudar a una abuela de 82 años en una alcabala en Guanare, estado Portuguesa, para matraquearla en medio de la cuarentena


En Venezuela conocemos muy bien eso de la normalidad «vigilada». Es temblar ante una alcabala de policía, resguardar el dinero cuando nos detienen los guardias en la calle, buscar recovecos en los carros para guardar comida o regalos como si escondiéramos droga. Es normalizar la indefensión ante la «autoridad».


Pero con la cuarentena se han desatado todos los demonios que carcomen desde hace años a los llamados cuerpos de seguridad.

Mi abuela se quedó varada en Caracas desde que se decretó la cuarentena. Había llegado en febrero a firmar la fe de vida, un trámite que por pura burocracia ridícula no puede hacer en Mérida, la ciudad donde vive hace años más de 15 años. En estos cinco meses estuvo guardando confinamiento estricto en casa, donde vivimos cinco personas más y no es el espacio más adecuado para su comodidad. Aunque tomamos todas las previsiones, decidimos que lo mejor era que se fuera a su casa por tierra de la manera más segura posible.

Después de una semana de cumplir con todos los trámites exigidos, el respectivo salvoconducto y hacerse la prueba de descarte del virus -otro parto que contaré luego- viajó a Mérida el viernes en la mañana con un servicio privado que por fortuna la trató excelente.

De Caracas a Mérida hay 760 kilómetros de distancia, seis estados y un montón de alcabalas. Llevaban todo en perfecto orden, todo estrictamente legal, el mínimo de dinero en efectivo, nada llamativo en el equipaje porque sabíamos de antemano que se iban a ganar varios números de lotería en los puestos de control por las características de los viajeros: un chofer que maneja una camioneta donde solo va una señora mayor y un muchacho de veintitantos. Parte de normalizar la matraca.

Mi abuela llevaba apenas algo de dinero en bolívares porque no sabe manejar tarjetas de débito y mucho menos dólares. El muchacho que viajaba con ella llevaba los únicos 20 dólares que le quedaban después de estar cinco meses también varado en casa ajena.

El chofer no carga efectivo, solo lo necesario para la gasolina y todos sus permisos. Tal como pensamos los pararon en casi todas las alcabalas y a pesar de que les lanzaban algunas puntas y revisaban con ojo clínico los papeles, los dejaban seguir porque todo estaba en orden.

Hasta que llegaron a una alcabala de la PNB en Guanare. Los policías los hicieron bajarse del carro, abrieron cada una de las maletas, las carteras, revisaron cartucheras, monederos. Hurgaron cada rendija de las billeteras. Puros papelitos y oraciones. Nada, no había botín que sacar así que avanzaron.

«Pasen a revisión». Dos funcionarios de la PNB se llevaron al chofer y al muchacho a un cuarto y a mi abuela la pasaron a otro con una funcionaria que ellos llaman «una femenina», pero yo llamaré «la tipa».

La mujer la miró de arriba a abajo y le dijo que se tenía que desnudar. Así mismo: que se desnudara porque la iba a revisar. Mi abuela tiene 82 años.

Es una señora firme, en excelentes condiciones de salud y desde que empezó la cuarentena no se quita ni el tapabocas en casa. Pero la tipa policía pretendía que se desnudara. Mi abuela se negó y la tipa insistía. Mi abuela empezó a llorar de la indignación. Estaba sola, a mitad de camino de su casa y sin señal en el teléfono.

Discutió fuerte con la tipa policía, el chofer que estaba afuera esperando la escuchó llorando y empezó a discutir con los otros policías para que la dejaran salir. El muchacho esperaba afuera cerca del carro. Ya lo habían revisado y uno de los policías le dijo «esos 20 dólares que llevas se van a quedar aquí porque tienen covid». Era lo único que cargaba y a riesgo de que los dejaran más tiempo, se le plantó firme y le dijo que no. «Eso es lo único que tengo y no te los vas a quedar».

Entonces los PNB vieron una cajita que el chofer llevaba como una encomienda y rompieron el paquete que iba sellado. Había varias cosas y los tipos -aunque ellos se llamen a sí mismos funcionarios- sacaron un perfume y le dijeron al chofer en su cara: «bueno, vas a tener que dejarme esto».

Mi abuela venía llorando de la indignación. La tipa policía la dejó irse porque mi abuela no se quitó ni siquiera los guantes y se le plantó: «tú no me vas a humillar». Acomodó sus cosas para montarse de nuevo en el carro y vieron que tenía un envase con torta. Con su cara de tabla imbatible, uno de los policías se le acercó y le dijo que le dejara «un pedacito porque la torta se veía buena».

«Esa torta es para mis hijos que me están esperando ¿nos podemos ir o estamos presos?», le soltó mi abuela a quien a esas alturas ya le había hervido la sangre oriental y no estaba dispuesta a calarse más nada. Se vieron entre sí, impunes como se saben los PNB: «dale, arranquen».

Casi una hora perdida en el intento de robo. Un viaje retrasado, perdido el perfume de una encomienda ajena y los tres avanzando por una vía solitaria, rezando para que no se les repitiera la suerte en otra alcabala duraron un rato en silencio con el pecho atravesado de indignación. Indefensos como se saben.

¿Cómo se denuncia a los que reciben la denuncia? ¿Cómo se pide ayuda y resguardo al mismo que comete el delito? ¿Cómo evitas el malandraje que tiene autoridad para detenerte? Estamos solos, a expensas de la anarquía.

Desnudos como nos sabemos.

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